Un Cuento de Carretera
Manuel Santos Greve
Un Cuento de Carretera
Prólogo
Esta historia se la conté a Elsa durante un viaje a Cullera, a principio de las vacaciones del verano del año 2008.
Íbamos hacia Valencia, llegábamos a los molinos generadores de electricidad que hay en el kilómetro 190, y yo me iba durmiendo.
Paramos a tomar café, cosa que hice acompañado de un Donut, y eso me despejó.
Cuando volvimos al coche Elsa me pidió que le contara algo.
En aquel momento nos estaba adelantando un camión cisterna.
Y de una forma natural salió el cuento, al que ahora le doy forma, y lo pongo por escrito. Primero a lápiz, en una libreta negra, comprada con mi hija hace medio año, y luego pasado al PC, mediante el programa ViaVoice, cedido por mi amigo Manel.
Capítulo primero
Cada vez que Pedro Morales veía el anuncio de
¿Te gusta conducir?
se contestaba así mismo: ¡Sí! ¡Sí!
Pero tenía pocas oportunidades para poder satisfacer su deseo. Trabajaba, en una zapatería de medio pelo, en el distrito de Tetuán.
Allí se había desarrollado toda su vida. Allí nació, fue al instituto de Tetuán de las Victorias, hasta los dieciséis años, y después entró a trabajar en un supermercado. Y desde hace dos años estaba en la zapatería.
Se pasaba el día sacando zapatos, probando zapatos, y guardando zapatos, sin más distracción que admirar alguna pantorrilla que otra.
Entre tanta pantorrilla, alguna le fue propicia. Digamos que, Pedro era un joven, que sabía lo que, casi siempre, se perdía.
Pero como todo empezaba siempre por un olor a pies, sus pocas relaciones no trascendieron del ¡Oh!. ¡Sí!, ¡Sigue! ¡Sí!, ¡Qué bien! y adiós.
A los veinte años, cuando tuvo algún dinero en sus manos, decidió sacarse el carné de conducir. Le gustaron las clases en la academia. Lo ponían de ejemplo. Se sabía de memoria todos los textos de las preguntas. Pero con lo que de verdad disfrutaba era con las clases prácticas.
Amaba a su profesor de conducción. Entiéndase bien. Se sentía bien, a su lado, admiraba su destreza, y allí, al volante, vivía sus mejores momentos.
El día del examen, en el paseo por Móstoles, con el examinador en el asiento de atrás, aunque estaba muy nervioso, lo hizo muy bien. Le sudaron las manos al principio, pero recibió el APTO, con las sonrisas de satisfacción del funcionario y de su profesor.
Estuvo haciendo sus cálculos, pero la posibilidad de comprar un automóvil, aunque fuese de cualquier mano, se le escapa. Entre la compra, el seguro, ¡tan caro para él con veinte años!, el precio siempre creciente de la gasolina, y las posibles averías. No. Era imposible. Sus padres, bastante hacían con mantenerlo en casa y sólo pedirle 300 € al mes.
Se consoló el verano que cumplió 21 con el alquiler de un Ford Fiesta durante un puente y fin de semana. En los tres días se recorrió más de media España. Salió hacia Burgos llegó a Santander cruzó a La Coruña, bajó por la Vía de la Plata hasta Sevilla, cruzó de nuevo hacia Alicante, y el último día entró feliz y lleno de carretera por la Nacional III.
Se había pasado las noches durmiendo en el propio coche y las comidas las hizo donde buenamente pudo. Las más de las veces, a base de bocadillos preparados por él mismo.
Un día de noviembre, al volver de la zapatería a su casa, se encontró con su profesor de conducir. Él, orgulloso de su viaje, se lo contó.
El profesor, al que también Pedro Morales le había caído muy bien, le sugirió que hiciese los cursos que le capacitarían para conducir camiones y autobuses. Sería para él una posibilidad de prosperar y ganarse la vida con algo que también le gustaba, y donde pagaban buenos sueldos.
A Pedro, el consejo de su admirado profesor le caló hasta el fondo. Consultó las tarifas en la academia, y se atrevió a pedirle un préstamo a sus padres.
En la propia tienda, entre zapatos y zapatos, estudió los temas teóricos. Logró compaginar los horarios y finalmente completar todas las prácticas de conducción.
La primera vez que se vio ante el gran volante de un camión, subido a casi dos metros del suelo, percibió que ése era su destino.
No tuvo problemas para aprobar.
Condujo el camión compuesto de cabeza tractora, caja y trailer por el circuito, sin abrirse ni cerrarse en las curvas más de lo preciso, y cuando lo metió, marcha atrás en un garaje, arrancó aplausos de los que estaban viendo lo que hacía el novato.
Sin embargo, pese a tener los carnés en regla sólo consiguió algunos trabajos esporádicos. Todos veían en él a un chico excesivamente joven para darle la responsabilidad de un transporte por carretera.
Conducía, de vez en cuando, la furgoneta de la zapatería. Y varias veces le habían dejado manejar los camiones en el almacén central.
Capítulo segundo
Como las vacaciones eran obligadas en agosto, ese año pensó en hacer algo distinto.
Tenía algo más de dinero, ya que su padre le había perdonado el préstamo para pagar las clases de la academia.
Le quedaba por recorrer el noroeste de España. Valencia, Cataluña y los Pirineos. Su jefe le aconsejó un hotel en La Pineda, el Hotel Estival Park. Más económico que en Salou, con buenas playas y sitios donde comer barato.
Como en agosto estaba todo casi parado, y en la academia de conducción le apreciaban mucho, le alquilaron uno de los automóviles de prácticas para su viaje de vacaciones, a muy buen precio.
Así que, nuestro amigo Pedro salió un viernes 31 de julio por la tarde, tomando la Nacional II, con idea de llegar a la costa por la mañana temprano.
Ya había vivido algún atasco, y el que le tuvo retenido a la salida de Madrid, casi le pareció breve.
Tardó dos horas en llegar a Guadalajara. Disfrutó sintiéndose parte da la caravana. El frescor de la noche y la visión de los coches y pasajeros, a su mismo paso, le relajaban.
Pese a las demoras del tráfico, llegó al hotel antes de que pudieran darle la habitación. Le permitieron que dejara la maleta en recepción.
Capítulo tercero
Como los días de vacaciones siempre son pocos y hay que aprovecharlos, sacó su bañador, y se fue con él hacia la playa.
Pedro había ido varias veces con sus padres, a Garrucha, a un apartamento. Pero esta playa era distinta, la gente andaba metros y metros mar adentro y el agua seguía cubriéndole sólo por la cintura.
Eso le agradó mucho. Era mal nadador, y disfrutar del mar sin el ejercicio agobiante de tener que estar siempre chapoteando, le gustó. Anduvo y anduvo hasta que el agua le llegó a los hombros y se volvió lentamente y observando la línea de chiringuitos y restaurantes que hay mirando hacia el mar.
Estaba casi en la arena de la playa cuando oyó una frase en ruso.
- Где вы собираетесь это отвлекало?
- ¿Opecapo?
Y repitió mecánicamente el sonido de la última palabra.
Se quedó mirando, de arriba abajo, a la chica que le había interpelado.
Vio unos hermosos ojos azules, los senos a la vista, y en su sitio, que le hicieron bajar la mirada, y las dos pantorrillas más bonitas que había visto en su vida.
Levantó la cara y mirándola a los ojos le dijo:
- Yo soy Pedro.
y una amplia sonrisa se extendió por su cara.
- Yo soy Tatiana.
Dijo ella despacio, correspondiendo con otra sonrisa igual de amplia.
Ambos extendieron la mano para saludarse, cuando una ola, un poco mayor que las demás, les dio lateralmente y lo sentó en la arena. Rieron ambos de buena gana y salieron del mar.
Tatiana lo llevó a un grupo de chicas que estaban sobre toallas. También eran agraciadas pero sólo Tatiana tenía las pantorrillas para un museo.
Capítulo cuarto.
Tatiana hablaba un español casi correcto, pero muy lento y quería practicarlo. Le explicó que llevaba desde el día anterior queriendo hablar con algún chico, pero todos, claramente, la miraban con otras intenciones, o le hablaban en inglés o en catalán.
Estaban en el mismo hotel, al que volvieron ya a las cuatro de la tarde.
Pedro tomó posesión de su habitación individual, mirando al campo. Se arregló y salió a inspeccionar el exterior. Llevaba unos quince minutos de exploración cuando vio a Tatiana.
Directamente ella se vino hacia él.
Iba ya vestida, con colores de verano, y unas sandalias de medio tacón. A Pedro le pareció la chica más bonita que había visto jamás, y aunque él todavía no lo sabía reconocer, se estaba enamorando, así como se enamora un chico por primera vez, cuando tienen ventidós años.
Tatiana lo cogió por los hombros y le dio dos besos, el primero en la mejilla derecha, pero el segundo ya fue casi en la boca. Pasaron la tarde paseando cogidos de la mano.
Tatiana fue a cenar con sus amigas, pero quedó con él para ir a la discoteca.
Las discotecas hoy admiten todo tipo de forma de bailar, ya nadie se extraña por nada. Los primeros cinco minutos, Pedro y Tatiana estuvieron bailando, tratando de mantener acompasados sus movimientos con la música Hip-Hop.
Después se abrazaron y los movimientos se fueron haciendo más lentos.
Las amigas de Tatiana prácticamente la perdieron de vista los diez días que duraron las vacaciones que tenían concertadas.
Durante el día, Pedro y Tatiana se iban con el coche a recorrer la Costa Brava y a buscar playas en calas escondidas y por la noche vivían su pasión, juntos, en la habitación de Pedro con vistas a la montaña.
Capítulo quinto
Se habían enamorado todo lo que una pareja puede enamorarse.
El día de la despedida ambos lloraron. Ella casi desesperadamente, él conteniéndose, pero sin poder evitar los ojos húmedos.
Se prometieron amor eterno y él le juró que en Navidad iría a verla.
Capítulo sexto
Al cabo de una semana las cartas de Tatiana empezaron a llegar regularmente cada tres días y él se las leía y releía. Además, como ella le pidió, las fotocopiaba y se las enviaba con las correcciones del castellano.
Después de los gastos extraordinarios del veraneo la capacidad económica de Pedro estaba en abultados números rojos.
Ni por un momento pensó en dejar de ir a ver a Tatiana en Navidad. Sólo tenía que resolver la forma. Estuvo haciendo horas extras, casi a diario, en octubre, pero lo obtenido no bastaba para el vuelo de ida y vuelta a Moscú. Y cada día que pasaba, los vuelos para esas fechas iban subiendo de precio.
Con motivo de las fiestas de La Almudena la tienda le pidió que fuese al almacén, a trasladar unas mercancías. Les hacía falta un conductor para la furgoneta.
Pedro tuvo que recorrer media provincia de Madrid repartiendo zapatos de pueblo en pueblo.
Se dio el gusto de aparcar en las inmediaciones de la base aérea de Getafe. Allí está el área de aparcamiento mayor que se encuentra a la salida de Madrid en dirección a Andalucía.
Los días festivos no dejan circular a los camiones, y éstos se quedan allí esperando hasta las doce de la noche para iniciar sus viajes hacia el sur.
Entró en uno de los bares, y se sintió camionero.
Los envidiaba. Se pasaban el día al volante, y podían ir y venir por ciudades que a él le sonaban como remotas y atractivas. París, Berlín, Estocolmo o el propio Moscú.
Capítulo séptimo
Moscú, ¿como ir a Moscú?
Estuvo dando un paseo por el aparcamiento. Estaba disfrutando del Sol de San Martín y mirando los camiones, Mercedes, Scania, Iveco, Ford, Dodge....
Se quedó parado delante de un Renault cisterna de veinte toneladas con el nombre CAMPSA a lo largo y alto del gran depósito.
En ese momento se bajaba el conductor. Vio cómo se abría la puerta y se balanceaba sobre la misma a casi 2 m de altura.
Alargó la mano derecha y observó cómo dejaba las llaves de contacto sobre el parasol. Después bajó y cerró la puerta, dejando abierta la ventanilla.
Pedro se volvió a la cafetería y estuvo hablando con el barman.
Los camioneros que salían hacia el noreste, estaban detenidos en otro aparcamiento similar, allí paraban todos, también a diario, antes de iniciar la ruta, a la salida de Alcalá de Henares.
Ya sólo había que recopilar datos.
Fueron cinco semanas de preguntas, idas, venidas a Alcalá de Henares y tardes en el Ciber-Café.
Capítulo octavo
El 15 de diciembre caía en lunes. Y el ya tenía casi todo preparado.
Había pedido sus vacaciones para el martes 16.
Sus padres no entendieron muy bien sus planes. Les dijo que iba a ver a Tatiana, que lo llevaban unos conocidos.
Los padres, que disfrutan hijos de 22 años, o menos, ya están habituados a creerse todo lo que sus hijos les dicen.
- No bebas y no te drogues.
Fue el consejo de su madre.
Tomó el autobús a Alcalá de Henares. Ya sabía donde paraban los CAMPSA, a tomar el café, antes de iniciar las rutas.
Era como un rito. Llegaban, paraban, y se tomaban su café con porras a las siete de la mañana. Y se iban al servicio con el periódico.
Al cabo de media hora salían hacia Barcelona.
Camiones frigoríficos, de mudanzas, otros cargados de animales vivos, todos ocupaban durante la mañana el 60% de la capacidad de la carretera.
Pedro llevaba una maleta y se quedó cerca de la parada de autobuses. Hacía como que esperaba que llegase el Bus siguiente, y se quedó observando los camiones que se acercaban al Bar.
Sus ojos fueron siguiendo la llegada del Iveco 6766 FGH.
Fueron minutos de tensa espera.
Al final un joven moreno, de unos 40 años se bajó despacio y entró en el local.
Pedro cogió su maleta y se fue hacia la parte de atrás del camión, lo rodeó y entró despacio por la puerta del pasajero, cerró despacio, encontró las llaves donde habitualmente todos las dejaban, y un minuto después, el Iveco CAMPSA con su carga de 20 toneladas de gasoil salía de la playa del aparcamiento rumbo a Barcelona.
En el trajín de circulación previo a la Navidad, nadie se percató de lo que había ocurrido. Pedro sabía que tenía media hora de tiempo.
Capítulo noveno
Giró el primer cambio de sentido, rumbo a Madrid, y se detuvo en la primera gasolinera. Aparcó lo más apartado que pudo. Todavía era casi de noche.
Ya sólo le quedaban 20 minutos.
Abrió su maleta y sacó el cortador de cables y el destornillador. Desmontó del camión el localizador y cortó los cables del sistema de telefonía móvil.
En los cursos de la academia había aprendido que todos los camiones que transportan mercancías valiosas o peligrosas, tienen dos sistemas de localización. Uno mediante satélites, que permite ir siguiendo el rastro, casi minuto a minuto, y otro mediante llamadas al móvil. Estos sistemas tienen alimentación autónoma y funcionan aunque se desconecte la batería del camión. El sistema que hace uso del móvil, además de hablar con el conductor, les permite localizarlo en un radio de 50 metros.
Se bajó del camión y con el identificador GPS en una bolsa de plástico se dirigió a pié a la tienda de la gasolinera. Saludó con la mano a los empleados y entró en el servicio. Salió a los dos minutos. Con el GPS del camión cisterna activado pasó por detrás de un camión cargado de ladrillos, en cuya caja lo depositó. Poco después los ladrillos salían hacia Madrid.
Se volvió a su camión y recogió de la cabina dos placas de matrícula y un destornillador. Nueve minutos después volvía a arrancar con las placas cambiadas. Se dirigió de nuevo al cambio de sentido y puso rumbo a la frontera de Port-Bou.
Ahora sólo había que seguir, hasta llegar a Moscú.
En la central de CAMPSA ya había saltado la alarma. El conductor del camión robado había llamado. La señal del GPS seguía en la pantalla, pero llamaron al móvil y no obtuvieron respuesta.
¿Dónde estaban las veinte toneladas de gasoil?
El protocolo de actuación era muy claro. Este era un peligro evidente. Podía ser un acto terrorista gravísimo. Cuando dieron el aviso a la Guardia Civil la señal del GPS estaba a 15 kilómetros de Madrid.
Fueron dando datos del recorrido que aparecía en la pantalla. Finalmente, a las diez y media encontraron el GPS en la caja de un camión de ladrillos “La Oliva”.
Como las ideas de los humanos son en muchos casos, ideas fijas, todos los efectivos disponibles de la policía se pasaron el día buscando el camión por el centro de Madrid. Los medios, como no, dieron las noticias:
"Potencial acto terrorista en Madrid".
"Un camión con 20 toneladas de gasóleo y cargado de explosivos anda por la ciudad".
Cientos de personas llamaron diciendo que habían visto un camión de CAMPSA.
Allí por donde se veía un camión cisterna, la gente huía despavorida.
Cuando, a las dos de la tarde, Pedro oyó en la radio el boletín de noticias, se asustó, pero había que seguir. Ya daba igual.
Capítulo décimo
A las cinco de la tarde iba por Lérida.
No poder coger la autopista era una rémora, pero circulando por carreteras comarcales, lo considerarían un distribuidor provincial.
A las diez de la noche venía la prueba más dura. Había que pasar la frontera.
Se puso en la cola. El trámite entre las fronteras europeas se ha simplificado mucho, pero un camión de combustible, nacional, que cruza Francia es algo especial.
Había preparado unos papeles muy imaginativos.
Copias de la documentación con la nueva matrícula y seis hojas en verde y rosa, asegurando que su destino era garantizar el suministro de combustible en las embajadas de Berlín y Viena, para la calefacción durante el invierno.
Las embajadas son como pequeños Reinos de Taifas que cada nación tiene que soportar, mal que bien, dentro de su territorio.
Para los pocos humanos que se ubican en las embajadas, la nación que los hospeda se ve obligada a soportar todo tipo de inconvenientes. Unas embajadas se importan la carne, las bebidas, otras, electrodomésticos especiales, y alguna que otra, hace negocios ilegales a costa de las "Valijas Diplomáticas ".
Así que, si España quería llevar el gasoil a sus embajadas, estaba en su derecho y a nadie le parecía extraño.
El funcionario, casi tan joven como él, lo miró todo por encima, miró la matrícula y con esa empatía que se establece entre la juventud, le selló los documentos y dejó que se fuera sin más.
Se paró en una playa de aparcamiento para camiones a la salida de Montpelier, y se acostó en la cama de la cabina y durmió hasta que otros camiones, que iniciaba la marcha, le despertaron.
En Madrid, las fuerzas del orden ya estaban convencidas de que había patinado con el tema del acto terrorista. Debía ser simplemente un robo por el combustible. 20.000 litros a 1,24 € el litro eran casi 25.000 €. Algún propietario de gasolinera con apuros económicos estaba buscando un remedio a sus males. Los helicópteros estuvieron varias horas dando vueltas por la provincia buscando el camión robado.
Capítulo undécimo
Durante el miércoles y el jueves Pedro disfrutó conduciendo. El camión se dejaba llevar dócilmente por autopistas, autovías y carreteras.
Ya había tenido que trasvasar varias veces gasoil de la cisterna a los depósitos. Ya llevaba hechos casi 3.000 km. Sus reservas se habían reducido en casi setecientos litros. Aún le quedaba gasoil para recorrer 80.000 km. Se sonrió, tenía para hacer el trayecto media docena de veces.
Para ir desde la frontera española hasta Moscú hay múltiples caminos. Pero en las fechas de Navidad suelen comenzar las nevadas. No se generalizan hasta Enero, pero no es extraño en absoluto tener navidades blancas en esas latitudes.
Las dos rutas de autopistas más seguras son las que circulan, o por el sur o por el norte. Ir por el sur supone pasar por la costa francesa hasta Italia, subir a Milán, ir por Zagreb hasta Belgrado, y de ahí pasar a Ucrania, y tomar la autopista de Kiev a Moscú.
Pedro, después de pasarse un día de Ciber-Café consultando el Google Earth, se decidió por la ruta del norte, hasta Alemania, Praga, Varsovia y entrar por Bielorrusia, cruzando Minsk, y tomando la conocida autopista federal M1. Le pareció una elección más segura. Ahora comprobaría si acertó en la elección.
En Alemania tuvo que detenerse casi una hora y esperar a que las máquinas quitanieves despejaran la autopista. En esta latitud ya no se fiaba de circular por las vías secundarias.
El problema podía venir al cruzar la frontera de Rusia. Faltaba sólo un día para llegar. El paisaje a través de Chequia y Polonia, hermoso y monótono. La autopista cruzaba por bosques interminables.
La frontera entre Polonia y Bielorusia resultó hasta agradable. Las cuatro palabras en inglés aprendidas en el instituto, más las de ruso que le había enseñado Tatiana fueron suficientes.
Pedro le había pedido a Tatiana, dando una excusa un tanto confusa, que le tradujera al ruso la misma historia del gasoil para calefacción, esta vez poniendo como destino las embajadas de Minsk y Moscú.
Capítulo duodécimo
Fueron dos jornadas más de viaje. En algunos trayectos tenía que ponerse a la cola de otros camiones, que seguían pacientemente al módulo quitanieves. Pero la calefacción de la cabina, la buena música de la radio, el paisaje en ocasiones sobrecogedor, y siempre en su mente, la ilusión por Tatiana, le hacía que los kilómetros resultasen cortos.
Cuando vio el cartel de “A Moscú 100 km” comenzó a sentirse nervioso. Realmente Tatiana no vivía en el mismo Moscú, sino en un pueblo grande de las afueras, al sur-oeste. Algo así como Madrid y Navalcarnero. No tendría pues que entrar en el mismo Moscú, y llegaría antes.
Sacó los mapas impresos en el Ciber-Café. La M1 pasa muy cerca de Одинцово (Odintsovo), al identificar el nombre tomó la siguiente salida y aparcó. Mirando los planos a una y otra escala trataba de identificar su situación. Se bajó del camión y preguntó a humanos rusos, señalando el plano y pronunciando Gubkino (algo así como un barrio), con el tono más ruso que se le ocurrió. Fue una hora de avanzar, parar, preguntar y mirar acá y allá, hasta que logró localizar la zona descrita por Tatiana. Ella vivía en una Dacha que les tenía cedida su tío-abuelo, Mijaíl Kalashnikov. Mijail era tío de su padre, y según decía Tatiana, un hombre muy importante.
Vio pararse un coche y salir a una mujer con dos niños. Se fue hacia ella y le preguntó, enseñando el nombre de la calle escrito en un papel.
Le señalaron una avenida lateral. Efectivamente allí estaba la calle, o por lo menos, había un rótulo con las mismas letras cirílicas que él ponía en las cartas. Volvió a subir hasta la cabina, y con cierto aire de victoria se desplazó despacio para localizar el número catorce de la calle “Проспект красной армии”, algo así como “Avenida del ejército rojo”. Al menos era ancha, y con sitio de sobra para dejar el CAMPSA.
Bien. Ya había llegado. Era medio día del 21 de Diciembre. Él había cumplido su palabra. Se estiró en la cabina, se miró al espejo, cogió su maleta, con su muda de ropa limpia, y bajó del camión.
Buscó el timbre en la puerta y no lo vio. Llamó discretamente con los nudillos.
Oyó voces en el interior, y un momento después dos chicos de 8 y 12 años abrieron la puerta. Se lo quedaron mirando, dieron media vuelta y salieron gritando ¡Tatiana, Tatiana!.
Las vivencias que Pedro tuvo a partir de ese momento estarán siempre grabadas en su corazón como unos días que robó al cielo.
Pedro siempre le había echado en cara a su madre el no haber tenido hermanos. Allí se encontró con que Tatiana tenía tres. Una hermana de quince años y los dos chicos que le habían abierto la puerta.
La madre de Tatiana, cuando lo vio, lo abrazó y se puso a llorar. Pedro se extrañó por tanta efusión, pero allí se quedó quieto, mientras la madre seguía en su llanto. Tuvo que venir Tatiana a rescatarlo. El padre, Boris, le tendió cordialmente la mano. Lo invitaron a usar el baño. Le vino muy bien. Desde Alemania no había tenido ocasión de encontrar una ducha con garantías de salir más limpio de lo que se entraba. Se cambió de ropa y volvió al salón. Le estaban esperando para comer.
En un momento de la comida, el matrimonio parecía no estar de acuerdo. Algo dijo la madre y el padre miró al techo y bajó la cara sonriendo y besó a su mujer y a Tatiana. Tatiana enrojeció. ¡Que guapa estaba!.
- ¿Qué han dicho?
Tatiana cogió la mano de Pedro, y le dijo:
- Mi madre, le ha dicho a mi padre que tú y yo dormiremos en la habitación de los invitados importantes. Es muy grande y tiene una hermosa cama para los dos.
Mi padre, en principio no quería que tú y yo durmiéramos juntos, pero mi madre le ha aclarado que - “Todo lo que podría pasar, pasó ya, hace cuatro meses” - . Y que tendrán un nieto en Mayo.
Si Pedro venía con la felicidad de ver a Tatiana, ahora se encontraba doblemente feliz. Ya Tatiana sería suya para siempre. Eso de los hijos comunes une mucho.
Las fiestas ortodoxas de la Navidad, por el lío del calendario juliano, (el de Julio Cesar), y el gregoriano (del Papa Gregorio XII), se celebran 13 días después en Rusia que en resto de Europa. Por eso nos parece que la celebran el día de los Reyes Magos.
Considerarían una descortesía que quisiera volverse antes.
Pedro estuvo hablando con su patrón, el de la zapatería. Le explicó que estaba en Moscú, y que posiblemente tardaría casi un mes en volver. No recibieron bien la noticia, pero tampoco se encontró despedido. Eso sí, le quitaban el mes de sueldo.
Capítulo decimotercero
Tatiana tuvo que repetir un montón de veces, a familiares y amigos el viaje de Pedro. Irina, la hermana de Tatiana, que también iba al instituto de Español, le preguntaba detalles y más detalles del viaje.
En el periódico de Odintsovo salió una foto de Pedro y Tatiana ante el camión con una breve reseña. El periodista noveló la noticia.
Tatiana le dijo que su padre también estaba contento. Se sentía orgulloso de tener un yerno capaz de mantener la palabra dada, aunque ello le haya supuesto tener que “pedir prestado” un camión. Esto último lo comentaba incluso con alguna carcajada.
Disfrutaron juntos el Año Nuevo. Esa tarde vino a verles el tío abuelo Mijaíl Kalashnikov. Ya era mayor, pero aun mantenía un buen tipo. Estuvo interesado, oyendo la aventura de Pedro, al tiempo que sonreía cogiendo la mano de Tatiana. Estaba claro que era su nieta preferida. Se interesó por el regreso de Pedro a España. Él aclaró que tenía que devolver el camión.
Tatiana le comentó que su tío fue el que sugirió que ella estudiara español. Él lo entendía bastante y lo hablaba, pero con mucha dificultad.
Cuando pasaron las fiestas de la Navidad, Pedro empezó a pensar en la vuelta. Estuvo mirando el camión. Repasó la presión de la ruedas, recargó el depósito para el motor desde la cisterna y comprobó los niveles.
Le propuso a la familia que Tatiana se volviera con él. Entre ellos ya lo habían hablado. Tatiana no quería dejarlo sólo. Sabía que al llegar a España las cosas no podían ir bien.
Fueron unos días casi tensos, pero finalmente cedieron. Tatiana había ido al ginecólogo y todo iba perfectamente, no había inconveniente en que ella hiciera el viaje. En un camión tan grande las vibraciones son mínimas y el feto, de sólo unos gramos, ni las percibe.
Capítulo decimocuarto
Si los días de su estancia en Odintsovo fueron robados al cielo, los diez días que ambos emplearon en regresar hasta España él los consideró como el séptimo cielo.
Conducir y conducir y Tatiana a su lado. Y sin problemas de aduanas, ahora sólo era enseñar los papeles, que antes le habían ido sellando.
Pararon un día en Minsk a saludar a unos familiares de su padre. Los colmaron de regalos y de paquetes de comida para completar el regreso. A Pedro le asombró como todo el mundo hacía referencia al tío Mijaíl.
Tatiana le iba dando datos de las zonas que cruzaban, primero de Rusia, de Bielorrusia, y luego le contó historias de Varsovia y de Praga.
A Tatiana se le notó su rencor hacia Alemania y Francia. Hizo múltiples referencias al daño que habían hecho a su país los franceses de Napoleón y los alemanes de Hitler. Estaba claro que esas heridas aún estaban abiertas en Rusia.
Entraron en España sin problemas. Pedro sabía que sólo era cuestión de poco tiempo que le detuviese la guardia civil. Pararon en un área de descanso, de la provincia de Gerona y de nuevo con el destornillador en la mano, repuso las placas de matrícula correctas. Restituyó la documentación auténtica del camión a la carpeta y se deshizo de todas las copias fraudulentas. Así tendrían menos cosas de qué acusarle.
Iban ya por la provincia de Guadalajara, en la llanura que precede al castillo de Torija, cuando un coche de la Guardia Civil le hizo señas para que se apartara de la carretera.
Capítulo decimoquinto
Del coche de la Guarcia civil se bajó un número, Emerenciano Alcolea, ancho de hombros y de cara roja.
Había reconocido la matrícula del Iveco CAMPSA como la del camión desaparecido. Se sentía con ganas de revancha. El día 16 de Diciembre le había pillado de servicio la movida de la búsqueda del camión perdido, y había estado dando vueltas de aquí para allá, desde las ocho de la mañana hasta casi las cinco de la madrugada. Y de pago de horas, nada.
Conminó a voces y arma en mano a que se bajaran del camión. Les hizo colocarse, con las piernas abiertas y las manos apoyadas en el camión.
Mientras, el sargento, Vicente Picón, salió del coche y subió a la cabina. Estuvo revolviendo los regalos que la familia le había hecho a Tatiana antes del viaje. Había allí algunas botellas de vodka y latas de caviar.
Emerenciano había cacheado a Pedro, violenta y rápidamente, pero con Tatiana el cacheo tenía otras características. Tatiana se sintió tan mal, que no pudo dominarse más, y empezó a llorar.
- Mire Sargento, éste hijo de su madre se está montando una gatita rusa. Debe haberla cogido de algún puticlub. ¡Y la moza tiene sus carnes!
Afortunadamente el sargento vio lo que ocurría y comenzaba a reprender a Emerenciano, cuando ya Pedro, rojo de ira, iba a jugarse la vida agrediendo al guardia civil.
Simultáneamente a estos hechos, que en sí sólo duraron unos minutos, cuando un coche, negro grande, se detuvo junto al de la policía.
Salieron tres hombres vestidos de negro. De casi dos metros de estatura, los tres.
No llevaban armas a la vista, pero era indudable que las debían llevar. El que precedía al grupo portaba un teléfono en la mano y dijo en tono conminatorio:
- Sargento Picón. Le llaman del cuartel. Es el Teniente Manjón. Y Vd. Sr. Alcolea, sería mejor que se apartara de la señora.
Ambos guardia civiles se quedaron sorprendidos. Aquellos hombres sabían sus nombre, el del jefe, y no tenían el menor aspecto de amedrentarse ante una pareja de la Guardia Civil.
El sargento tomó el teléfono que le alargaban y estuvo al menos cinco minutos al aparato. Asentía de vez en cuando. Quiso hacer una observación, pero es evidente que lo cortaron. Finalmente devolvió el teléfono.
El sargento tuvo un breve aparte en voz baja con el número, que parecía protestar, y que terminó con un conminatorio, - ¡Es una orden, mía y del teniente! -.
Las cosas cambiaron de medio a medio. Del automóvil salió un cuarto hombre, como de sesenta años, que se dirigió a Tatiana. Estuvo hablando dulcemente con ella casi quince minutos. Tatiana se cogía a Pedro y no quería separarse de él. Finalmente la convenció.
Los hombres de negro subieron al camión y bajaron todo lo que Tatiana les fue diciendo. El número, Emerenciano, fue anotando todo lo que sacaban. Lo trasladaron al maletero del gran coche negro.
Tatiana le dio un beso a Pedro y en voz baja le dijo:
- No contestes a nada, no digas nada. Voy a la embajada rusa. Mañana, me dicen, que puede arreglase algo.
Cuando se marcharon los hombres de negro. El Sargento y el número se quedaron murmurando entre sí. Al cabo de diez minutos Emerenciano, encendió un cigarrillo y se acercó a Pedro.
- Le ruego me disculpe, si mi conducta le ha ofendido. Creímos que Vd. era otra persona.
Pedro no esperaba esa reacción por parte del guardia civil. Los minutos transcurridos habían sido tan tensos, que ahora se encontraba relajado. No sabía que podría ocurrir, pero mejor era estar de buenas.
Hizo un gesto, como quitándole importancia al tema, y esbozó una sonrisa, que le costó trabajo sacar de dentro.
Siguieron esperando casi dos horas hasta que apareció un automóvil con las letras CAMPSA en la puerta, del que bajó un hombre, como de cuarenta años, que se hizo cargo del camión.
Capitulo decimoquinto
Pedro y los guardias civiles se fueron al cuartel. Allí lo encerraron en una celda, y poco después le llevaron dos mantas y una jarra de agua.
Entre tanto, en una reunión entre Pérez Rubalcaba y Ángel Moratinos se discutía.
- Ángel, ¿cómo lo vamos a dejar que se vaya de rositas, después de haber robado un camión cisterna, al que le faltan más de dos mil litros de gasoil, y haberse hecho una excursión de más de ocho mil kilómetros? Eso, sin contar con el susto que nos llevamos, creyendo que era un acto terrorista.
- Míralo de otra forma Alfredo. Cada día se roban cientos de coches y cuando aparecen sin daños, como es este caso, se considera que es un “hurto de uso” y los delincuentes, por más reincidentes que sean, se les castiga con un mes de trabajos para la comunidad.
Éste chico no tiene antecedentes, y la historia, no se cómo, pero ya ha trascendido a los medios, es de las que atraen.
Resulta que Putín, sí, el mandamás ruso, ha llamado a Zapatero. El tío abuelo de la niña es una leyenda en Rusia. Tiene 89 años, y ha pasado por Stalin, Jruschov, Brézhnez, Andropov, Chernenko, Gorbachov y los modernos de Yeltsin, Putin, y por éste Medvédev, al que nadie conoce. Y todos ellos, escúchame, todos, se han llevado bien con el tal Mijaíl Kalashnikov.
Y la sobrina nieta de este Kalashnikov, efectivamente, el de los fusiles de asalto, se ha ido a ennoviar con el tal Pedro Morales, al cual, para ir a verla, no se ocurre otra cosa que coger un camión de la CAMPSA e ir hasta Moscú,y venirse en viaje de novios con ella. Y la chica está embarazada.
Para colmo, Chávez, no hombre, el de Sevilla no, el de Venezuela, quiere comprar fusiles Kalashnikov AK-47, de los modernos, no uno ni dos, ¡cien mil!, y queremos que los rusos nos cedan la licencia para fabricarlos aquí en España. Y que los venezolanos nos los paguen con petróleo.
- Pues vaya Ángel, ¡cómo me lo pones!
Te propongo que de entrada, silenciemos la relación de este suceso con el lío que hubo el pasado día 16 de Diciembre. Al fin y al cabo, nosotros fuimos los culpables de la alarma. Nos la imaginamos y montamos aquel pollo.
Quedará como un “hurto de uso de un camión” sin daños colaterales, y lo ponemos un mes a ir barriendo calles con un cubo de basura y una escoba. A la chica ni la nombramos.
- Quince días, y todos contentos.
- Pues vale. Y me debes una.
A Pedro lo sacaron de la celda. Lo pasaron al despacho del Teniente de la Guardia Civil. Le leyeron las conclusiones previas de su detención y le anunciaron su castigo más probable. Él se quedó callado. Le parecía una solución maravillosa. Todo terminaría en dos semanas barriendo calles, pero no dijo nada.
- Debería firmar éstos papeles, pero antes hay alguien que quiere hablar con Vd.
Tatiana, radiante, apareció por la puerta con los brazos abiertos. Se abrazaron y ella ahogó su llanto de alegría en él, sin importarle el olor a sudor de los días de viaje y la noche en el calabozo.
- Sí, puedes firmar los papeles y nos vamos. Tenemos muchas cosas de qué hablar.
¡Y tanto que tenían muchas cosas de qué hablar!
De entrada la Revista HOLA, estaba interesada en su historia. Habían tenido acceso al reportaje del periódico local de Ordintsovo y, como había previsto Moratinos, era una historia con gancho.
Tenían que organizar las bodas. HOLA conseguiría que se hicieras dos bodas, por el rito Católico y el Ortodoxo. La revista estaba muy interesada. Era un paralelismo con lo que hicieron el Rey Juan Carlos y la Reina Sofía. Y a las puertas estaría el nacimiento del niño y el bautizo con el “Aggiornamiento” Católico-Ortodoxo y la aspersión realizada por curas y popes.
Ayudados por la Embajada, que estaba encantada de la evolución de los acontecimientos, se negoció un Pac con las revistas HOLA y PRONTO.
Gracias a esa negociación Pedro y Tatiana tienen un bonito chalet en Pozuelo de Alarcón, y un automóvil 4 x 4 en el que seguro que cabrá muy bien un cochecito de niño.
Pedro ya chapurrea bastante bien el ruso, y la embajada le ha dado un trabajo de emisario de valijas entre los consulados. Gracias a ese trabajo muchos días tiene que ir conduciendo desde Madrid a alguna capital de España.
Manolo Blahnik está detrás de Tatiana para que preste sus pantorrillas a un anuncio de sus zapatos.
Ya son gente guapa y son recibidos como héroes en los restaurantes y discotecas.
Le llueven las ofertas de las cadenas de TV para hacer programas del corazón.
Tatiana ha descubierto el Corte Inglés, y no para de comprar.
Y al niño le pondrán Boris-Mijaíl, algo así como Rodolfo-Miguel.
FIN
viernes, 10 de abril de 2009
martes, 28 de agosto de 2007
Dos Opciones
Dos opciones:
Si pensamos y analizamos el mundo que nos rodea, al final llegamos a estas dos conclusiones:
1ª El binomio Materia-Energía ha de ser un imperativo existencial. Si el vacío fuera posible, simplemente no existiríamos. Este binomio se rige por leyes determinista (gravedad, electromagnetismo...) y reglas de azar, que son propias de la existencia de la materia. De este conjunto surge la materia, las estrellas, los planetas y como una consecuencia del tiempo y el azar, aparece en un punto determinado del universo lo que conocemos, como nuestro planeta Tierra. Y por ese azar que hemos mencionado, la vida y el hombre. Todo es casual, sin propósito y sin fin alguno.
2ª Existe además del nivel material en que vivimos otro nivel de existencia, superior, distinto, que no precisa de energía ni materia para sustentarse, en que habitan seres diferentes, capaces de crear la materia y de actuar sobre este nivel que percibimos. A ellos debemos nuestra propia creación.
¿Con cual de estas afirmaciones nos quedamos?
Tan difícil es de creer una como otra.
Si nos atenemos a la primera afirmación estamos concluyendo que toda la humanidad no es más que un puro accidente del azar, y que tanto da que existamos como no. Lo que conocemos como Ciencia, Arte, Poesía, Amor, no son más que accidentes de esa existencia casual del hombre.
Y con la segunda opción nos encontramos dependientes de un nivel al que no tenemos acceso de ninguna forma física concluyente y del que sólo podemos suponer que existe.
Los seres humanos, por naturaleza, somos proclives a las soluciones imaginativas. Los sueños (ensoñaciones) que tenemos al estar dormidos nos han preparado emocionalmente a percibir distintos niveles de realidad. El de las cosas físicas reales y el de las cosas imaginadas.
El nivel de la realidad imaginada, sólo presente en nuestras mentes, llega a hacerse tan fuerte en algunos humanos que supera hasta el instinto básico de supervivencia.
Pero sin llegar a esos extremos, lo cierto es que la estadística, según los colectivos investigados, pone ante nosotros cifras de 70% al 95 % de seres humanos que están convencidos de la existencia de ese nivel superior, inmaterial, que regenta nuestras vidas.
¿ Curioso verdad ?
- O eliges ser una casualidad de casualidades (esparmatozoide ganador, ... humano en un satélite mínimo de la Vía Láctea, etc...)
- O eliges que estás en manos de una voluntad arbitraria, cuyo comportamiento es impredecible y que nos obliga a imaginar su naturalza e intenciones y además esquiva su propia existencia.
Personalmete yo, me decanto por ser esa casualidad, sin más sentido existencial que el de intentar ser feliz.
¿Y tu? ¿Estás seguro de que la opción que has elegido, y que condiciona tu vida, es la correcta?
Si pensamos y analizamos el mundo que nos rodea, al final llegamos a estas dos conclusiones:
1ª El binomio Materia-Energía ha de ser un imperativo existencial. Si el vacío fuera posible, simplemente no existiríamos. Este binomio se rige por leyes determinista (gravedad, electromagnetismo...) y reglas de azar, que son propias de la existencia de la materia. De este conjunto surge la materia, las estrellas, los planetas y como una consecuencia del tiempo y el azar, aparece en un punto determinado del universo lo que conocemos, como nuestro planeta Tierra. Y por ese azar que hemos mencionado, la vida y el hombre. Todo es casual, sin propósito y sin fin alguno.
2ª Existe además del nivel material en que vivimos otro nivel de existencia, superior, distinto, que no precisa de energía ni materia para sustentarse, en que habitan seres diferentes, capaces de crear la materia y de actuar sobre este nivel que percibimos. A ellos debemos nuestra propia creación.
¿Con cual de estas afirmaciones nos quedamos?
Tan difícil es de creer una como otra.
Si nos atenemos a la primera afirmación estamos concluyendo que toda la humanidad no es más que un puro accidente del azar, y que tanto da que existamos como no. Lo que conocemos como Ciencia, Arte, Poesía, Amor, no son más que accidentes de esa existencia casual del hombre.
Y con la segunda opción nos encontramos dependientes de un nivel al que no tenemos acceso de ninguna forma física concluyente y del que sólo podemos suponer que existe.
Los seres humanos, por naturaleza, somos proclives a las soluciones imaginativas. Los sueños (ensoñaciones) que tenemos al estar dormidos nos han preparado emocionalmente a percibir distintos niveles de realidad. El de las cosas físicas reales y el de las cosas imaginadas.
El nivel de la realidad imaginada, sólo presente en nuestras mentes, llega a hacerse tan fuerte en algunos humanos que supera hasta el instinto básico de supervivencia.
Pero sin llegar a esos extremos, lo cierto es que la estadística, según los colectivos investigados, pone ante nosotros cifras de 70% al 95 % de seres humanos que están convencidos de la existencia de ese nivel superior, inmaterial, que regenta nuestras vidas.
¿ Curioso verdad ?
- O eliges ser una casualidad de casualidades (esparmatozoide ganador, ... humano en un satélite mínimo de la Vía Láctea, etc...)
- O eliges que estás en manos de una voluntad arbitraria, cuyo comportamiento es impredecible y que nos obliga a imaginar su naturalza e intenciones y además esquiva su propia existencia.
Personalmete yo, me decanto por ser esa casualidad, sin más sentido existencial que el de intentar ser feliz.
¿Y tu? ¿Estás seguro de que la opción que has elegido, y que condiciona tu vida, es la correcta?
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